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Es la isla del desvelo
donde el cielo pernocta
con su amada deseo:
una estrella que brota.
Queda en ella tiempo reo
al escuchar suaves notas
que de sus labios al cielo
con sutileza aflora.


Velo que cubre mares de miradas
velo candente, que en brasas condensa
la intensidad fulgurante indefensa
en la caricia tersa, Inmaculada.


En tus silencios nocturnos
una mirada lacerante te sostiene
entre el clamor y calor de tu piel.
No son más el vacío
ni las novas suspendidas
las que susurran,
las que contemplan
tu fiera interna
que se resiste a perderse
en la calma.


Siento los pasos del tiempo en mi pecho
y me susurran dar color al vuelo
de mis deseos en candente trecho.

Eres el tiempo que acalla mis duelos
sutil embrujo de mi madrugada
en horas de silencio eres consuelo.


encendidos candiles fieros
que se desvisten en reflejos
son estancia de su presa
son el color eterno de sus duelos.


Me envuelves en tus profundidades
en el vaivén de tus olas
en la música sacra
que entre peñascos se atreve a vivir.


Esmeraldas en tenue reflejo
de los cuervos de su mirada,
vestida de éter la dama
esboza su alma en cielo bermejo.


Mares bañados por el canto
del arrebolado cielo
que entre nubes finas
se desviste del caos.
Escritos los colores en vuelo
de los mares extasiados
en el fulgor del fuego
estando en inspiración divina.


—¿Sabéis lo que son las hadas? —le preguntó señalando al césped.

—No lo sé —susurró encogiéndose de hombros.

—Son esos seres elementales que escapan de la materia, sus pasos no se sienten, pero el calor de ellos presente está.


Entre las sombras que lo visten
una luz se despista,
trepida hasta caer lento en el sendero,
leve retorno,
del calor de sus pupilas.


Aulla en la penumbra,
penumbra...Penumbra que nace en sus luceros
cuando en redor los pasos ciegos
anuncian el color de la partida.


Pueden soñar las noches con tu rostro
y recorrer los campos de tus mejillas,
pueden sentir el sendero
que a tus labios conduce
al recordar en beso, sinfonía.





A tu rostro le faltan mis trazos para ser un cielo arrebolado...Un mar embravecido, dócil en sus profundidades.


Se cobija con el manto que sus dedos tejen...¡Esos cabellos, hilos de oro! Filigranas al viento que envidia siendo del sol son reposo de eternidades.


Edulcorada mirada que se distrae...No sabe de llamaradas que incendian mi pecho, ni de lanzas que acarician mi espalda. Es dulzura...se eterniza con el color de sus silencios melódicos y los vuelos iridiscentes que nacen en el vacío.


Soy el amor que Verlaine no versó
al abrasar con plomo a Rimbaud
entre sus dedos de fuego.
Soy el alcohol que penetra
los poros y las pupilas de Baudelaire
en el fulgor de la noche rutilante.
Soy el tunante
de los versos ignotos
y me detengo,
entre la tinta en desvelo,
entre el atril del cielo
y la profundidad del paraíso universo.


Pinceles y plumas
caricias esbozadas en tus labios
y en el calor de tu piel
mecidas suaves en barca acuarela
de un mar silente
y una playa de besos
en el cielo de tus mejillas.


Retórica, que embelleces mis versos
y eres puente de la divinidad
entre el suspiro que yace dormido
en el calor
de mis ríos sanguíneos.


Entre besos retóricos
tus pupilas en big-bang
encontraron las mías.
Noches luceros, supernovas
en el colapso interno
de nuestras alegrías.